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lunes, 13 de octubre de 2025

Los límites de la voluntad individual y los derechos de los animales. Alain Delón dejó escrito en su testamento que se sacrificara a su perro para que fuera enterrado con él

La estrella del cine francés dejó escrito en su testamento que su perro fuera sacrificado para ser enterrado con él «como un faraón». Alain Delon, el icónico galán del cine francés que murió el 18 de agosto de 2024 a los 88 años, dejó en su propiedad de Douchy más que recuerdos cinematográficos.



En los jardines de su finca del Loiret, en el centro de Francia, descansan los restos de al menos 35 perros que fueron sus compañeros a lo largo de décadas, un pequeño cementerio canino que testimonia la devoción casi obsesiva del actor hacia estos animales.


Pero entre todas las disposiciones de su última voluntad, una causó particular conmoción: Delon había dejado escrito en su testamento que quería que Loubo, su pastor belga malinois de diez años, fuera sacrificado para ser enterrado junto a él, como así lo ordenaban antiguamente los faraones.


El testamento que dividió a Francia

La cláusula testamentaria fue confirmada por allegados del actor y diversos medios franceses e internacionales tras su fallecimiento. El deseo, interpretado como una manifestación íntima y simbólica de su amor hacia los animales, generó inmediatamente un intenso debate público que puso en tensión la voluntad individual, la ética animal y el marco jurídico francés.


Sus tres hijos —Anthony, Anouchka y Alain-Fabien— no tardaron en tomar una decisión: no cumplirían esa parte del testamento. La familia comunicó oficialmente que Loubo seguiría con vida y bajo su cuidado, una determinación que fue recibida con alivio generalizado por el movimiento animalista francés.


«La familia de Delon mantendrá a Loubo con vida y cuidado», confirmó la Fundación Brigitte Bardot, que había seguido de cerca el caso.


La Sociedad Protectora de Animales (SPA) fue más allá y condenó públicamente la idea de «condicionar la vida de un animal a la de un humano», llegando incluso a ofrecerse para acoger al perro si fuera necesario.


Cuando la ley protege más que la voluntad

El rechazo familiar tenía un sólido respaldo jurídico. En Francia, la eutanasia de un animal de compañía está estrictamente regulada como un acto veterinario que debe justificarse por el estado del animal —dolor, enfermedad incurable, sufrimiento— o por motivos de salud pública y seguridad.


Sacrificar a un animal por razones funerarias carece completamente de justificación legal.


Más aún, el Código Penal francés tipifica los «actos de crueldad» contra animales como delito, con penas que pueden llegar a cinco años de cárcel y 75,000 euros de multa si el animal muere.


La petición de Delon, por más emotiva que fuera, constituiría técnicamente un delito.


«No es ‘libre’ pedir a un veterinario que duerma a un animal sano por un deseo póstumo», explicaron expertos legales consultados por medios franceses. «Sería contrario al marco penal y de bienestar animal».


La imposibilidad legal se extendía también al aspecto funerario. Los cementerios municipales franceses están reservados exclusivamente a personas, y los alcaldes no pueden autorizar la inhumación de un animal ni de sus cenizas en una tumba familiar. Esta prohibición, confirmada por el Código General de Colectividades Territoriales y la jurisprudencia del Consejo de Estado desde 1963, convertía el deseo de Delon en jurídicamente inviable.


El gran amor canino de una estrella

La obsesión de Delon por los perros no era nueva ni fingida. A lo largo de su vida, el actor tuvo más de 50 perros, según diversas crónicas. En su finca de Douchy había creado ese pequeño cementerio privado donde yacían al menos 35 de sus compañeros caninos, una necrópolis que él mismo visitaba regularmente.


Loubo, el protagonista involuntario de esta controversia, había sido su último gran compañero. El pastor belga malinois de unos diez años al momento de la muerte del actor representaba para Delon algo más que una mascota: era el depositario de una devoción casi mística hacia los animales que el actor había cultivado durante décadas.


Un debate que trasciende a una familia

La decisión familiar de preservar la vida de Loubo fue ampliamente aplaudida en prensa y redes sociales, pero el caso sirvió para abrir un debate más amplio sobre los límites de la voluntad individual y los derechos de los animales.


Varios medios aprovecharon la ocasión para hacer «pedagogía legal», explicando al público que las disposiciones testamentarias que contravienen la ley no pueden ejecutarse, independientemente de los deseos del testador o la emotividad del caso.


El episodio también puso de relieve la evolución de la sensibilidad social francesa hacia los animales de compañía, que han ganado un estatus legal y social muy distinto al que tenían en generaciones anteriores.


Loubo, el sobreviviente

Hoy, meses después de la muerte de su famoso dueño, Loubo sigue con vida en la propiedad familiar de Douchy. El perro que estuvo a punto de convertirse en víctima de un deseo faraónico se ha transformado, sin saberlo, en símbolo de una Francia que ha decidido que el amor hacia los animales no puede expresarse quitándoles la vida.


En el pequeño cementerio canino de la finca, entre las tumbas de decenas de perros que precedieron a Loubo, descansa ahora también Alain Delon. Pero a diferencia de lo que el actor había imaginado, lo hace solo, mientras su último compañero canino continúa corriendo por los jardines donde ambos fueron felices.


La ley francesa, en este caso, protegió lo que el amor mal entendido habría destruido.